SAMARITANO DEL VIERNES

Una taza con chocolate acompañada de una rebanada de pastel era la mejor opción para hacer una pausa esa tarde de diciembre en nuestro viaje de bodas. San Miguel de Allende es un poblado en el centro de México que se presta para estos caprichos por la variedad de rincones conceptuales con opciones gastronómicas que van desde las más sencillas y caseras, hasta las más sofisticadas y eclécticas. Mientras nos atendían, tomé como de costumbre una servilleta donde tracé algunos bocetos, inspirado en la arquitectura colonial del lugar, escuchando un fondo musical de piano en vivo. La verdad no recuerdo si era un viernes, pero no importa.

Cuando menos imaginé, una niña de quizás unos dos años de edad se había acercado a nuestra mesa atraída por el mover de la pluma y el resultado de la tinta en aquel lienzo efímero. Con la disculpa de sus padres la aceptamos en nuestro espacio, donde después de haber compartido conmigo el gusto por los esbozos, se sentó en mis piernas, se recargó en la mesa y se durmió. Después de haber intercambiado algunas sonrisas con los padres, el mesero llegó para decirnos que la familia de la mesa contigua nos ofrecía gentilmente una copa de vino, gesto que agradecimos con un prudente “no, gracias, no tomamos alcohol”.
Esa intención de simpatía la comprendimos siempre como muestra de agradecimiento de la familia por haber aceptado a la pequeña en nuestra mesa por un par de horas quizás, incidente que después de 16 años recordamos con cierta añoranza, por la autenticidad del momento y el lugar, pero también por esa correspondencia sincera que quedó en la memoria.

El viernes pasado, después de haber viajado por algunas horas en un avión de Miami a Dallas, pensé de nuevo en aquel suceso. No hubo bocetos, ni una familia, ni una libreta, ni una niñita. Solo mi esposa y yo, con hambre en el T.G.I. Fridays de la sala ¨D¨. Y digo bien; estábamos solos, pues aunque viajamos en un avión lleno, con personas a nuestro lado, en el sillón de enfrente, de al lado, por los pasillos del aeropuerto, y ahora en las mesas cercanas del restaurante, no puedo recordar el rostro de ninguno de ellos. Ni siquiera el del hombre de negocios que trabajaba con algunos documentos a escasos centímetros de nosotros. Nunca pensamos en él, ni en sus problemas, ni preocupaciones, ni si quiera notamos el color de ropa que vestía, ni el tipo de cabello o de piel.

Y esa indiferencia se justificaba por la urgente necesidad mía y de mi esposa por conectarnos con el mundo por internet a través de nuestros aparatos de teléfono celular, menester que reprimimos cuando se acercó el mesero a decirnos: ¨La cuenta de su consumo está cubierta. El hombre de la mesa contigua la liquidó¨. Nuestra reacción fue inmediata y en unísono: -whaaaat?, why?, ¿porqué?-.
¨No lo sé¨ -respondió-. ¨Pero no tienen de qué preocuparse¨.

Muchas preguntas vinieron a nuestra mente: ¿Pero, quién era?, ¿porqué lo hizo?, ¿sería una apuesta?, ¿una equivocación?, ¿apoco nos vemos tan mal?, ¿le dimos lástima?, ¿nos escuchó diciendo algo?, ¿pensaría que al compartir los platos no queríamos gastar?, ¿que no traíamos dinero?. ¿Tu lo viste?, ¿cómo era?.

Nunca tuvimos una respuesta, pero conjeturo la mía propia: El samaritano del Friday´s (viernes), tiene el propósito de sorprender a una persona desconocida a la semana. En ocasiones hace lo que mi amigo Edwin, dando una propina generosa al mesero o al niño de la calle. En otras ocasiones deja un billete sobre el escritorio del bodeguero o en el cenicero del auto de alguien. Quizás le paga a quien cortó el césped o lavó el auto del vecino. No le faltan ideas, solo le falta tiempo, porque es un hombre de negocios.

Si alguna vez imaginó que alguien descubriría su secreto, se equivocó. Aquí estoy, tecleando el incidente, esperando que su ejemplo se contagie entre quienes leen este ensayo, pero sobre todo, en quien lo escribe.

22/05/11
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